Hoy reapareció el sol en Barcelona luego de un martes muy lluvioso. Demasiado lluvioso.
Nada más salir de casa me recibieron mis enemigos "naturales" sembrados por muchas calles y avenidas: los temidos plátanos orientales. Crucé la ciudad caminando de ida y vuelta, pero ahora no puedo siquiera ver lo que escribo por el picor de los ojos lagrimosos. La alergia de primavera no se vence sin las pastillas apropiadas.
Hace poco en la Ciudad Condal una gran ola de hinchas culés celebraban y vibraban con el triunfo de un puñado de multimillonarios futbolistas, quienes han alcanzado casi la estatura de héroes según la prensa catalana. En cambio, en plena Plaza Cataluña, un grupo muy inferior de Indignados acampantes seguramente habrían sentido un picor similar al mío, al no estar vacunados contra la idiotez humana en algo muy concreto: ignorar lo que el otro padece. El egoísmo.
No hay remedio que quite la mala sensación de una sociedad individualista que, en medio de la crisis creada por los banqueros, opaca una legítima reivindicación de los más vulnerables.
Mi alergia pasará, pero la de los Indignados quedará en la historia, de quienes queremos y debemos recordarla para no apagar -otra vez- unas voces de ideales profundos con unos huecos "visca el Barça".

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